1 de Marzo, después de un 28 de febrero.
De niño siempre tuve una relación rara con los insectos. Recuerdo haber pasado horas en el terreno baldío de la casa que estaba en Chivería, coleccionando insectos, poniendo trampas entre las ramas de los arboles, moviendo la maleza bruscamente, siempre preparado para atrapar a los pequeños que saltaban asustados. Entre el alboroto me preocupaba por los daños colaterales: aquellos insectos que confundidos por el terremoto caían sin poder escapar de las torpes pisadas de aquel bravucón. Los que, tal vez, porque en aquel entonces no estaba seguro de muchas cosas, estaban dormidos y se despertaban en medio del caos; hormigas, catarinas, lagartijas, mariposas y a veces grillos.
Después, terminaban en contenedores, hechos con vasos de plástico, ligas y unas láminas agujereadas a modo de respiradero. Mis favoritos y los protagonistas de unas carreras que se celebraban cada 3 días: las catarinas. Ahora sé que su verdadero nombre es Semiadalia notata y Coccinella septempunctata, mejor conocidas como: las amarillo y las naranjas, los colores mas rápidos de la cuadra.
Con todo el tiempo que ha transcurrido de aquellos días de la infancia, de la vida en un Infonavit y de domingos jugando a las avalanchas arriesgando mi vida a media calle, ciertas situaciones se mantuvieron intactas. Por ejemplo: el no estar seguro de muchas cosas, en este caso me refiero a mis recuerdos. Y no quisiera que se entendiera de mala manera, no digo que accidentalmente descubrí una nueva especie, pero si recuerdo haberme topado con catarinas que brillaban. No un brillo intermitente como el de una luciernaga, más bien era constante y solo pasaba por las noches. Sin embargo, estás catarinas tenían algo peculiar: muy rara vez caminaban. Volaban de un lugar a otro, aún cuando eran distancias cortas. Pequeños saltos que las hacían obsoletas para mis carreras y por ende, no merecedoras de mi atención. Hoy pienso que esto tiene mucho que ver con que encontrará tan pocos insectos con esta peculiaridad en aquel terreno baldío.
Y como en toda historia siempre hay un villano, uno que no se podía atrapar, uno que se me enfrentaba con embestidas áreas sin titubear en las consecuencias. Cada que nos topábamos nos perseguíamos por un momento y luego intercambiábamos los roles hasta que alguien aceptaba la derrota. Perdí muchas de estas batallas gracias a los hábitos nocturnos de la cigarra, pues mi madre consideraba que las 8 de la noche era una hora poco apropiada para que un niño de 7 años anduviese en un terreno baldío. Con todo y los regaños maternos, varias noches me escapé de casa para intentar, sin éxito, atrapar a esos pequeños bastardos. Me pregunto ¿quién habrá sido el verdadero villano? ¿La valiente cigarra que tal vez peleaba por el orgullo de sus compañeros capturados, encerrados, exhibidos en el cuarto de un niño como trofeos o aquel pequeño que solo quería divertirse un rato?
Al día de hoy las formas en las que mato el tiempo han cambiado bastante. A mis 25 años he conseguido un par de buenos amigos que se mantienen con el tiempo. Nos reunimos en un patio al rededor de una mesita de metal que cambia de color una vez al año y unas cuantas macetas amontonadas junto a una jardinera. Es justo mencionar que la mayor parte de la actividad física se esfumó con el tiempo y solo dejó una mente inquieta. Lo suficientemente distraída para que en medio de alguna plática se ausente pensando en la imagen de las macetas. Hormigas desfilando en un perfecto orden, una tras otra con una organización impecable; esquivando telarañas, lagartijas, cenizas de cigarro o incluso pequeñas inundaciones de café o vino, según el ánimo de la concurrencia, que se esparcían por el suelo a causa de una mano torpe e indiferente hacia los pequeños mundos que le rodean. Y pienso, como buscando una justificación para mis viejas manías, que esos pequeños insectos están acostumbrados al peligro.
Después, alguien pide un encendedor y regreso al mundo de los personas, de los celulares en las manos, de los sentimientos disfrazados, de los miedos escondidos y disimulados. De los insectos grandes.
Después, alguien pide un encendedor y regreso al mundo de los personas, de los celulares en las manos, de los sentimientos disfrazados, de los miedos escondidos y disimulados. De los insectos grandes.